Friday, August 11, 2006

Mi amiga Rosita

El otro día encontré a una amiga, después de mucho mucho tiempo, en el messenger. Vive a más de dos mil kilómetros y hace años que no nos vemos, pero yo la sigo considerando mi amiga. Aunque no es su verdadero nombre, yo la llamo, cariñosamente Rosita.
Tras un tiempo charlando le pregunté qué le parecía mi blog, y su respuesta fue clara y concisa: que yo era demasiado inteligente como para perder el tiempo con divagaciones estúpidas y absurdas que no conducían a nada.
Ni que decir tiene que, en un principio, me sentí enormemente halagado por el piropo que mi amiga Rosita me había lanzado, y mi ego creció hasta límites insospechados (hacía tiempo que necesitaba que alguien me subiera la estima y ella lo logró con unas pocas palabras). Pero después caí en la cuenta, y así se lo hice saber a Rosita, que era ella la que merecía ese halago y muchos otros.
Conocí a mi amiga Rosita hace unos años, cuando ambos trabajábamos en una televisión local, en la que yo hacía un poco de todo (detrás de las cámaras) y ella copresentaba un programa nocturno. Por aquel entonces, ella tenía 23 años (yo algunos más) y hablaba a la perfección español, inglés, francés y el idioma de su país natal, en la Europa del Este, además de tener una licenciatura. Y, por cierto, es bellísima (tanto por dentro como por fuera). Así que lo cierto es que la verdaderamente inteligente es ella. Y aún así, pese a su talento, tuvo que trasladarse a España y ganarse la vida bailando con muy poca ropa encima, porque para triunfar en televisión, para que uno sea conocido y aparezca en programas hablando y no como un simple objeto decorativo, salvo muy contadas excepciones, el talento no es necesario, es más, es casi un impedimento.
La televisión de hoy día está repleta de incompetentes, de subnormales, de personajillos cuyo único mérito (?) es haberse metido en la cama de algún personaje popular. Y lo malo no es que vayan a televisión (que los llamen para que vayan, más bien) y ellos y ellas cuenten sus intimidades de cama (y las del otro popular con el que han tenido sexo), sino que después esos personajillos se conviertan en fijos en los programas de televisión que los han encumbrado y lanzado a la ‘fama’, y que además se permitan el lujo de juzgar, criticar e insultar a cualquier otro/a, convirtiéndose en protagonistas y ganando un dineral como insultadores profesionales.
Esta gente, que suele poseer una incultura manifiesta, se convierten en referente para los niños que ven la tele. Porque hoy día la televisión se ha convertido en educadora, y los padres sientan a los pequeños ante la caja tonta para que les dejen tranquilos unas horas, sin preocuparse en la mayoría de los casos de lo que ven sus pequeñas, sin darse cuenta de que crecen viendo cómo jovencitas descocadas que cuentan que se han follado a medio país, que alardean de ello, que insultan a quienes se ponen por delante o a quienes niegan haber mantenido relaciones con ella, se convierten en protagonistas de numerosos programas, que salen en las revistas y que ganan millones, y que se erigen en prototipo de la mujer en la que se quieren convertir en un futuro.
Mientras unos y unas, que ni tienen preparación, ni educación, ni vergüenza, se erigen en protagonistas, en el nuevo modelo de famosos, otros y otras (como mi amiga Rosita) con preparación, talento y belleza para convertirse en una estrella de la televisión, no logran ser reconocidos, porque no tienen la desvergüenza necesaria, o porque tienen la educación suficiente como para no insultar ni contar las intimidades de su vida (ni por supuesto la de los demás) frente a millones de espectadores, a los que (en el fondo) ni les va ni les viene con quién se acueste Menganito o cuántos novios ha tenido Fulanita en el último año.
Mal futuro estamos construyendo para nuestros pequeños si desde la televisión (ese ser adorado, ese semidiós de la vida moderna) se nos lanzan ideales que el público con la mentalidad menos desarrollada (los más pequeños de la casa) no puede discernir como falsas, ridículas o risibles, como una mente adulta y medianamente inteligente (los personajillos estos de los que hablamos pueden ser muy adultos, pero inteligencia precisamente no les sobra) puede hacer sin problemas. De vivir en otro mundo, en un mundo mejor, mi amiga Rosita (y yo mismo) seguiríamos trabajando en televisión. Y hoy, posiblemente, seríamos estrellas. De todos modos, ella ya ocupa un lugar muy importante en mi ranking personal. No importa a qué se dedique, a cuántos kilómetros de distancia esté, ella será siempre Mi Amiga. Y eso, para mí, es más que suficiente.

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